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Voy a contaros una historia que quizás os haga reflexionar sobre este punto:

Érase una vez un ejecutivo muy ocupado con su trabajo. Todos los días llegaba tarde a su casa y tras saludar a su hija, se metía en el despacho a seguir trabajando. Su niñita de 5 años acudía a verle porque deseaba estar con su papi, pero siempre la regañaba diciéndole que tenía mucho trabajo.

La historia se repetía una y otra vez, hasta que un día la niña al sentirse regañada de nuevo, en vez de irse, se volvió a su padre y le preguntó:

H: Papi, tú en tu trabajo, ganas mucho dinero ¿verdad?

P: Pues no, hija, gano dinero pero no mucho, por eso tengo que seguir trabajando en casa.

H: Papi, ¿Me podrías decir cuanto ganas en una hora en tu trabajo?

P: Hija, me haces unas preguntas... Por favor déjame que tengo muchas cosas que hacer.

Ante lo cual, la niña lejos de darse por vencida, volvió a preguntarle a su padre.

H: Papi, de verdad, dime cuanto ganas en una hora en tu trabajo

P: Si te lo digo, ¿me dejarás que siga? - Le preguntó inquisitoriamente el padre.-

H: Si, dímelo y me voy.

P: Pues... - y se puso a hacer cálculos- aproximadamente unos diez euros.

H: Gracias – dijo la niña marchándose de inmediato –

El padre se quedó desconcertado por la insistente pregunta de la niña, pero se puso de nuevo a trabajar, hasta que oyó un estruendo enorme que provenía del cuarto de su hija, por lo que se levantó enfurecido dispuesto a regañarla de nuevo, convencido de que la niña había roto algo importante.

Cuando entró en el cuarto de la pequeña, vio que ella estaba en el suelo con la hucha de barro rota en mil pedazos y contando las monedas.

Justo cuando el padre iba a empezar a lanzar sus chillidos más feroces por lo que había hecho, la niña se acercó mirándole a los ojos y las manos llenas de monedas y le dijo:

H: Papi, toma este dinero.

El padre desconcertado, puso las manos y recogió el dinero que le daba su hija y le preguntó...

P: Pero hija, ¿por qué me das este dinero?

H: Papi, te compro una hora de tu tiempo...

La paradoja de esta historia es que igual que en la vida, debemos empezar por las cosas más importantes, no por las urgentes, pues si no planificamos nuestro tiempo, la vida se encargará de administrárselo a su manera y, finalmente, no veremos en esta historia sino un reflejo de la realidad.

           
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Hay una historia que me llegó vía correo electrónico que me gusto bastante, porque refleja mucho de nuestra vida diaria, en la cual no nos damos cuenta de las maravillas que suceden a nuestro alrededor. La historia versa así:


Tres personas iban caminando por un bosque: un sabio con fama de hacedor de milagros, un rico terrateniente del lugar y, detrás de ellos y escuchando la conversación, un joven alumno del sabio.
Aprovechando la presencia del sabio, el poderoso terrateniente le dijo:
  • Me han contado en el pueblo que eres muy poderoso, que incluso puedes hacer milagros.

El sabio le respondió:

  • Soy una persona vieja y cansada. ¿Cómo crees que podría hacer milagros?

El hacendado insistió:

  • Me han contado que sanas a los enfermos, restituyes la vista a los ciegos y vuelves cuerdos a los locos. Esos milagros sólo los puede hacer alguien muy poderoso.

El sabio repuso:

  • ¿Te referías a eso? Pues bien, tú lo has dicho: esos milagros sólo los puede hacer alguien muy poderoso, no un viejo como yo. Esos milagros los realiza Dios; yo sólo pido que se conceda un favor para el enfermo. Todo el que tenga la fe suficiente en Dios puede hacer lo mismo.

El hombre con fortunas materiales le pidió:

  • Quiero tener la misma fe para poder realizar los milagros que haces. Muéstrame un milagro para que pueda creer en tu Dios.
  • Esta mañana, ¿volvió a salir el sol? -le preguntó el sabio.
  • ¡Sí, claro que sí!
  • Pues ahí tienes un milagro. El milagro de la luz.
  • No, yo quiero ver un VERDADERO milagro -protestó el hombre rico-: oculta el sol, saca agua de una piedra. Mira: hay un conejo herido junto al camino. Tócalo y sana sus heridas.

El sabio le volvió a preguntar:

  • ¿Quieres un verdadero milagro? Bien. ¿No es verdad que tu esposa acaba de dar a luz hace algunos días?
  • ¡Sí! A un varoncito, que es mi primogénito.
  • Ahí tienes el segundo milagro. El milagro de la vida.
  • Sabio -replicó el terrateniente-, tú no me entiendes. Quiero ver un verdadero milagro.

El sabio inquirió plácidamente :

  • ¿Acaso no estamos en época de cosecha? ¿No hay trigo y sorgo donde hace unos meses sólo había tierra?
  • Sí -respondió el hombre rico-, igual que todos los años.
  • Pues ahí tienes el tercer milagro.
  • Creo que no me he explicado; lo que yo quiero...

No pudo terminar la frase porque el sabio lo interrumpió:

  • Te has explicado bien. Yo ya hice todo lo que podía hacer por ti. Si lo que encontraste no es lo que buscabas, lamento desilusionarte.

Luego de escuchar estas palabras, el poderoso terrateniente se retiró muy contrariado por no haber conseguido lo que buscaba. El sabio y su alumno se quedaron parados bajo la espesura del bosque. Cuando lo vieron perderse en la lejanía, el sabio levantó al conejo, sopló sus heridas y las heridas desparecieron.

El joven estaba algo desconcertado:

  • Maestro; te he visto hacer milagros como éste casi todos los días. ¿Por qué te negaste a mostrarle uno a ese hombre? ¿Por qué lo haces ahora que no puede verlo?

El sabio demostró su sabiduría, una vez más:

  • Lo que él buscaba no era un milagro, era un espectáculo, algo que lo sacudiera de su rutina y le trajera un nuevo motivo de sorpresa a su monótona vida. Le mostré tres milagros y no pudo verlos. Para ser rey, antes hay que ser príncipe; para ser maestro antes hay que ser alumno. No puedes pedir grandes milagros si no has aprendido a valorar los pequeños prodigios cotidianos. El día en que aprendas a reconocer a Dios en ellos, ese día comprenderás que no necesitas más milagros que los que Dios te da todos los días, sin que tú se los hayas pedido.

    Como coach te encuentras a este tipo de personas, las cuales no quieren salir de su zona de confort.

    Personas que lo único que quieren es que tú les solventes los problemas sin ellos mojarse ni un poquito.


    autor desconocido





   
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